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Introducción
A lo largo de este artículo investigaremos algunos
aspectos simbólicos de la relación entre
el zodíaco y los procesos pentarítmicos
o de cinco fases, los cuales constituyen la bases, por
ejemplo, de la filosofía taoísta. Pero
primero aclaremos un poco el sentido un tanto enigmático
del término fotosíntesis en un texto de
psicología astrológica. La fotosíntesis,
aparte de sus obvias alusiones a la bioquímica
vegetal, es una, a nuestro juicio, excelente metáfora
empleada por Dane Rudhyar en su libro sobre los símbolos
sabianos, para representar el significado numerológico
de estructuras o procesos pentámeros en la naturaleza
y en la psique. El problema que abordamos en realidad
tiene que ver con la elucidación de un tema que
a nuestro juicio es escasamente comprendido: el efecto
energético de los signos sobre los planetas y
el resto de los principios del sistema astrológico,
no tanto desde el punto de vista cualitativo, punto
éste bien desarrollado, como desde el punto de
vista cuantitativo que introduce la existencia de un
gradiente de intensidad en los signos.
La curva de intensidad de los
signos
Las investigaciones de la escuela Huber han aportado
a la astrología los importantes descubrimientos
de la curva de intensidad de las casas, y también
en los signos. Bajo estos nuevos conceptos subyace el
concepto de que indicadores astrológicos de la
psique de primer orden, como las casas y los signos,
tienen una estructura de campo energético vibratorio,
con fases en la distribución de la energía
en tiempo y espacio 1. Como en toda onda, las fases
de distribución de la energía conectan
puntos máximos y mínimos, así como
direcciones crecientes y decrecientes. En astrología
estamos familiarizados con fases crecientes y decrecientes
de actividad mediante el ciclo de los aspectos o el
mismo ciclo anual de latitud del sol que marca en el
zodiaco los solsticios y equinoccios.
Bruno Huber ha encontrado que en las casas, los puntos
máximos o cúspides y los puntos mínimos
o valles (talkpunt en alemán) mantienen entre
sí una relación dada por la proporción
áurea; esto indica de por sí la presencia
en la psique de influencias rítmicas pentámeras.
De forma análoga, se calcula en los signos un
máximo, que corresponde a 11° 27' 36? grados
de un signo.
No obstante existe una diferencia entre el ámbito
de las casas y el de los signos; en el primer caso tenemos
un curva analógica continua entre
la cúspide y el punto valle, con precisas diferenciaciones
de cualidad entre seis zonas de la casa, que afectan
al comportamiento de un planeta. Esto ha sido extensamente
tratado en el método Huber, y es de una gran
importancia para aclarar tanto las posibilidades como
las dificultades de actuación de un individuo
y las consiguientes disfunciones conductuales o compensaciones.
Sin embargo, la curva de intensidad de los signos se
nos presenta a efectos prácticos como una escala
digital plana con tres valores de intensidad:
un planeta entre 27° y 30, y entre 0° y 2°,
se considera débil; entre 2° y 7°, y
entre 18° y 27°, se considera normal; y entre
7° y 18° se considera fuerte, con un máximo
de fuerza, como decíamos, a los 12°. Estos
valores son de intensidad, y solo describen el aporte
energético del signo al planeta, que afectan
a sus funciones tanto sensibles como expresivas.
Un factor importante a tener en cuenta es la interacción
entre las dos curvas, que a menudo ponen de relieve
ciertos tipos de problemas psicológicos. En general,
en la curva de los signos solo se considera problemática
la debilidad (por supuesto, desde una perspectiva que
valora la potencia sobre la sensibilidad), en especial
cuando un planeta muy débil (29°y 0°
se consideran el punto mínimo de energía
zodiacal) se ve sometido a grandes esfuerzos de rendimiento
cerca de la cúspide de la casa. A la inversa,
una gran fuerza del signo puede experimentarse como
frustración acusada al confrontarse con las exigencias
de introversión del punto de reposo o punto valle
de la casa.
Por lo tanto, sería enriquecedor poder comprender
los efectos de la curva de intensidad de los signos
sobre los planetas con mayor detalle, en términos
de significado, proceso y finalidad, y no solamente
desde un punto de vista cuantitativo. Es lógico
por otro lado que sepamos menos de la dinámica
de los signos puesto que su manifestación se
vuelve objetiva solo tras su interacción con
el campo de las casas, y es de este modo, a través
de la conducta, como podemos conocer las cualidades
que tal conducta expresa y sus motivaciones internas.
(1) En realidad, no parece haber otro camino para explicar
este modelo de la psique que acudir a metáforas
ficisistas, las cuales por otro lado nos conectan con
las cualidades de los números simples tal y como
es transmitida por la sabiduría esotérica
intemporal. El mismo enfoque ha sido adoptado en la
teoría de los armónicos de John Addey
y otros modelos astrológicos contemporáneos.
Es importante subrayar, no obstante, que el uso de la
terminología ondulatoria aplicada a la psique
no deja de ser metafórico, aunque a la larga
se revele como una sugestiva analogía.
El número cinco
La vibración del número cinco aparece
en la naturaleza por primera vez en el reino vegetal
como modelo de crecimiento y de proporciones en la estructura.
En matemáticas la dinámica de esta vibración
va aparejada, entre otros conceptos, a las espirales
logarítmicas, la serie de Fibonacci, el rectángulo
místico, el número de oro y la proporción
áurea. Es igualmente importante como canon en
la teoría de las proporciones estéticas.
Las proporciones del cuerpo humano también siguen
este modelo, así como es posible detectar su
presencia en las principales relaciones armónicas
de los intervalos musicales.
Desde un punto de vista más esotérico,
la estrella de cinco puntas representa al ser humano
como personalidad en evolución dotada de poder
inteligente, en el que la mente como órgano receptivo
posibilita el contacto con vibraciones de naturaleza
superior. Para Rudhyar, estás vienen representadas
por el número seis como portador de Luz, Amor
y conciencia.
De ahí la metáfora de la fotosíntesis:
por medio de la mente, el ser humano puede captar energía
lumínica o consciente y transformarla en el sustento
de las actividades más relacionadas con las actividades
biológicas y formales del número cuatro.
La relación del número seis con la luz
como forma de conciencia también puede justificarse.
La luz es un fenómeno que surge del encuentro
de energías polarizadas, tal y como es notorio
en la luz eléctrica. La conciencia es el fruto
del encuentro del polo del espíritu con el polo
de la materia.
La división del círculo por seis nos
da seis ejes o modalidades principales de obtener conciencia
por medio de la polaridad, experimentada en seis campos
de actividad. En Un mandala astrológico,
Rudhyar aplica el proceso en cinco fases tanto al círculo
entero, obteniendo así una estrella con cinco
arcos de 72 grados lo mismo que hacen muchas
especies vegetales en sus diseños florales
como a secuencias de cinco grados dentro de cada signo.
El zodiaco
Dado que estamos considerando aspectos de intensidad
en los signos, sería interesante tener una visión
energética del zodiaco. Como sabemos, el zodiaco
es en esencia la relación orbital que se establece
entre la tierra y el sol, derivada por tanto del movimiento
de traslación de la tierra alrededor del sol.
Como tal, porta, diferencia y distribuye la energía
solar en el campo de experiencia terrestre.
Esta relación cíclica es a todos los
efectos, y simultáneamente, onda y campo de fuerzas.
Como onda presenta un aspecto invariable a efectos prácticos,
análogo a la frecuencia en el modelo ondulatorio
un análisis más detallado revelaría
que la invariancia de la frecuencia fundamenta cualquier
sentido de identidad: todo es energía, y energía
es ser en movimiento, o vibración.
También como onda presenta un aspecto variable,
al que llamamos amplitud, de hecho la magnitud que oscila,
dando cuenta de las transformaciones cíclicas
de la energía. Cuando la amplitud es máxima,
también lo es el movimiento y por lo tanto es
máxima también la energía cinética
de la onda; al mismo tiempo su distancia relativa al
punto de equilibrio es nula, por lo que también
es nula su energía potencial. Cuando la amplitud
es mínima, el movimiento es mínimo, mínima
su energía cinética, pero la posición
dentro del campo es de máximo desequilibrio,
y máxima por tanto su energía potencial.
La inclinación de la tierra con respecto al
ecuador celeste marca los cuatro puntos decisivos del
ciclo: Aries y Libra corresponden a puntos de amplitud
o elongación mínima y de máxima
energía potencial, mientras que Cáncer
y Capricornio son los puntos de máxima amplitud
y máxima energía cinética. Esto
es válido para cualquier ciclo: las cuadraturas
son aspectos en los que la energía cinética
es máxima, mientras que en la conjunción
y en la oposición son aspectos de máxima
energía potencial.
Además, el zodiaco es un campo de tipo cardiaco,
es decir, que internamente diferencia y estructura su
energía en doce subcampos o subórbitas,
a la manera en que lo hace el chakra cardiaco
por cierto, el hecho de que el chakra del plexo solar
se configure en diez pétalos u órbitas
menores señala alternativas significativas de
configuración del círculo o del ciclo,
subrayando desde otra perspectiva un posible significado
para forma pentámeras o pentarítmicas
de organización.
Esto es de hecho, lo que describe la curva de intensidad
de los signos: no un campo simple sino uno compuesto
e intensificado por un armónico de módulo
doce. En términos de armonía musical,
tendríamos una frecuencia fundamental más
un armónico entre otros que se corresponde
con la dominante o 5ª nota armónica 2.
Parta recobrar una perspectiva psicológica,
recordemos que el zodiaco representa la psique global
del planeta, entendiendo como psique el campo en el
que evoluciona la conciencia. Por lo tanto es una matriz
de impulsos o fuerzas psíquicas (de magnitud
variable como vemos), representaciones o contenidos
primordiales o arquetípicos y perfiguraciones
de actuaciones o roles. Sin embargo, ninguna cualidad,
motivación o rol arquetípico se hacen
objetivos como conducta observable hasta que el campo
originado por traslación de la tierra intersecta
el campo creado por su rotación, es decir, con
el círculo de las casas. El círculo de
las casas sirve de vehículo y campo de expresión
en el ámbito físico para las motivaciones
y cualidades de origen psíquico.
Cuando hablamos del zodiaco hablamos de una esfera
de manifestación, que desde el punto de vista
individual es puramente subjetivo; más allá
del individuo, conforma la psique colectiva o inconsciente
colectivo. A otro nivel, solo cuando los arquetipos
zodiacales se relacionan con el ámbito de los
planetas es cuando emerge una posibilidad de conciencia
individual, pues es el arquetipo conjunto de los planetas
el verdadero modelo de la totalidad psicológica
funcional del ser humano, el prototipo u Hombre Celestial.
Así que el ámbito psíquico del
zodiaco sirve de vehículo o cuerpo para la posibilidad
de individuación abstracta del modelo planetario.
A esto es a lo que nos referimos cuando decimos que
los signos dan energía a los planetas. En realidad
resuenan en la esfera psíquica en respuesta a
la energía del planeta, y de hecho, un signo
no resulta activado con posibilidad de conciencia individual
a menos que se encuentre un planeta en su dominio.
Ahora bien, hemos de diferenciar entre arquetipos y
contenidos del inconsciente colectivo; estos últimos
se configuran en torno a las líneas de
fuerza sin forma de los primeros si se concede
un oscuro y aún mínimo significado a esta
expresión. Los contenidos del inconsciente colectivo
devienen manifiestos sobre la base de una matriz prototípica
amorfa resultante de la diferenciación de la
energía solar rítmica, ondulando armónicamente
con módulo doce, con picos y valles sucesivos
de amplitud.
Las variaciones de amplitud, responsables de incrementos
y decrementos de fuerza psicológica expresiva,
tienen una lectura adicional enriquecedora deudora del
los modelos cosmofísicos del universo. Los mínimos
de amplitud, que hemos asociado con máximos de
energía potencial, se refieren también
a los estados de la materia estelar con densidad infinita,
potencial sin límites y máxima indiferenciación
o estado de fusión informe. A mayor amplitud,
emergen formas estables diferenciadas y manifiestas.
(2) Una lectura esotérica hablaría de
la nota fundamental de la tríada espiritual y
la nota dominante del alma, más la tercera mayor
de la personalidad.
La conciencia y el inconsciente
colectivo
Recordemos aquí algunas de las ideas sobre la
forma, que desde Jung, sabemos sobre las operaciones
y finalidades de la psique en general. La psique (colectiva)
es la suma de los procesos psicológicos, que
se manifiestan como contenidos representaciones:
imágenes e ideas sobre la realidad, la naturaleza
de las cosas y de su desenvolvimiento progresivo mediante
fases de actividad, especializaciones o roles
, los cuales vienen dados de forma arquetípica
por la Mente superior.
La psique resulta animada dinámicamente por
un propósito volitivo (gravitación o atracción);
la respuesta de la substancia psíquica es configurarse,
adoptar formas, vibrar y propagarse hasta el mundo de
las formas físicas, trasmitiendo cualidad y finalidad.
A este resonancia de la voluntad de manifestarse se
la denomina deseo o sed de experiencia en las tradiciones
espirituales, o libido, energía psicológica,
o intensidad de los procesos psíquicos en términos
psicológicos.
El resultado del proceso evolutivo es la emergencia
de formas conscientes individualizadas mediante diferenciación
y separación. La conciencia individual surge
como posibilidad de lo colectivo. La conciencia individual
aísla contenidos y representaciones con su carga
o impulso mediante la atracción gravitatoria
que ejerce la aparición de un centro. La energía
de este centro debe contrarrestar la tendencia de los
contenidos psíquicos a operar según las
propias leyes gravitatorias del inconsciente colectivo,
y seguir sus propios impulsos a la indiferenciación
y a estados de mayor equilibrio. Al margen de la dirección
del centro de la conciencia individual o yo, los impulsos
psíquicos siguen la línea de menor resistencia,
que es la de transformar su energía potencial
en energía cinética, y descargarse, transfiriendo
su energía a otro punto del espacio, obedeciendo
las leyes ondulatorias.
Así pues, la conciencia individual ejerce un
influjo gravitatorio o tensión sobre los contenidos;
a esta influencia la llamamos capacidad de dirección
o voluntad individual. Esta influencia es causa de diferenciación
creciente, y en cierto modo de exclusión. Esto
necesariamente crea polaridad sujeto-objeto, yo y no-yo,
y de hecho esta dualidad es la que posibilita la conciencia.
La conciencia elige y atrae a determinados contenidos
con exclusión de otros; esto no ocurre en el
inconsciente, que manifiesta la ambivalencia y la ambitendencia
propias de los estados indiferenciados: todo es posible
o potencial en una crisálida o en el núcleo
de una estrella. La dualidad conciencia e inconsciente
se transfiere al medio u objeto como única posibilidad
para mantener un equilibrio antagónico.
La curva de intensidad de los
signos
Los límites de signo poseen una cualidad indiferenciada;
esto es así porque un arquetipo cede paso a otro.
Es un lugar de transformación, de abandono de
forma, de disolución y de amalgama. Y esto supone
cierta medida de regresión al inconsciente, lo
que quiere decir que se anulan la diferencias, y con
ellos las polaridades. La actividad del inconsciente
es capaz aquí de generar contenidos suprapolares
o símbolos sintéticos. Cualquier órgano
de función en esta zona carecerá de la
fuerza suficiente para anular la gravedad del inconsciente
y mantener una opción individual diferenciada.
Esto puede experimentarse como succión o pérdida
de control y dirección. En consecuencia, la frontera
frente al medio queda en igual medida neutralizada,
y esta indiferenciación con respecto al medio
hace que este se prolongue hacia dentro, impresionando
y modelando la conciencia como resultado de un vacío
expresivo, o impersonalidad (esto es, carencia de sujeto
o origen).
En el punto máximo, por el contrario, el contraste
sujeto medio es acusado; el sujeto se prolonga hacia
el medio impresionándolo (expresándose),
con lo que el medio se ve obligado a responder de forma
polar con respecto al sujeto. La diferenciación
con respecto al inconsciente es máxima, así
que los contenidos están dotados de una intensidad
capaz de captar la atención del centro de la
conciencia; por lo que están en cierta medida
bajo el control volitivo del yo, que encuentra aquí
un impulso hacia la manifestación que hace bascular
a su favor frente al medio. Dada la naturaleza de los
impulsos psíquicos, los deseos y necesidades
de expresión y manifestación son mayores.
Con ello aumentan las posibilidades de informar el medio,
crear un impacto y reproducir o propagar las condiciones
o experiencias que permitan el ejercicio de determinados
roles, o materialicen imágenes, ideas o cualidades.
Si analizamos a continuación la secuencia de
cinco fases de Rudhyar, observaremos cierta analogía
inicial que justifica el interés de extrapolar
toda la secuencia a fin de lograr un mayor significado
de la curva de intensidad de los signos.
Las etapas pentámeras en
Rudhyar
Explicaremos ahora las cinco fases de un proceso de
transformación de energía lumínica
y su inversión en la producción de órganos
de conciencia individual, siguiendo el pensamiento de
Rudhyar.
La primera fase se caracteriza por la emergencia impulsiva
de corrientes inconscientes, señalando el propósito
evolutivo de una nueva fase de actividad, de una manera
aún introspectiva. La conciencia se orienta hacia
el interior tratando de captar con claridad nuevos contenidos
o formas arquetípicas.
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