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Autor: José Antonio Rodríguez
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ELEMENTOS PARA UNA PSICOASTROLOGÍA DEL CRECIMIENTO PERSONAL (I)

Introducción

El presente ensayo tiene por objeto exponer un marco conceptual y metodológico que sirva de base para el diseño de un proceso de crecimiento personal, guiado astrológicamente e implementado mediante técnicas de Psicosíntesis personal y Transpersonal, e intenta delinear este proceso. Se trata, por tanto, de un trabajo de síntesis entre diversos enfoques y disciplinas, que trata además de enlazar de modo creativo con un modelo psicológico válido para la inmediata fase de nuestro desarrollo evolutivo: una Psicología del Alma.

Al hablar de Psicología del Alma, nos referimos explícitamente a la doctrina esotérica del desenvolvimiento de la conciencia humana, tal y como ha sido expuesta de modo germinal — en lo que se refiere a su puesta en práctica —, por el Maestro D.K. en Psicología Esotérica Vol. II, de su extenso Tratado sobre los Siete Rayos. Es conocido que este volumen, entre otros escritos de Alice A. Bailey, tenía el propósito de servir de guía a uno de los nueve Grupos de Servicio establecidos por el Maestro Tibetano — abarcando entre todos las disciplinas que el pensaba que eran indispensables para el desenvolvimiento de la humanidad. El octavo grupo, de Psicólogos (y Astrólogos) Esotéricos, tiene como propósito “relacionar, a través de prácticas aprobadas, el alma y la personalidad para llegar a la revelación de la divinidad por medio de la humanidad”. Este el marco de referencia más elevado y amplio que podemos concebir, un objetivo todavía lejano, pero hacia el que ya se han dado pasos definidos por parte de diversas instituciones educativas.

La Psicología Esotérica, estudiando como lo hace el desarrollo evolutivo de la conciencia del ser humano, está inextricablemente unida al mismo proceso evolutivo de expansión de conciencia que llamamos proceso iniciatorio, articulado técnica y esotéricamente en el Sendero Probatorio y el Sendero del Discipulado, esbozado programáticamente en las Catorce Reglas para la iniciación espiritual (de las cuales existe un excelente y reciente comentario de Zachary F. Lansdowne en su libro Rules for Spiritual Initiation), y detallado más minuciosamente en Tratado de Magia Blanca— un estudio atento del libro de Lansdowne revela que determinadas fases del proceso iniciatorio corresponden a lo que llamamos terapia, bien como terapia de apoyo o bien como autoterapia.

El punto de vista esotérico parte del axioma de que todo es energía.El ser humano es visto como nadando en un mundo de energías y constituido el mismo por energías de diferente origen y cualidad. La evolución humana de la conciencia consiste en el desarrollo de la capacidad de reconocer y responder sensiblemente a las energías que impactan sobre el ser humano y su fin el control consciente de aquellas energías que constituyen su identidad, organizadas jerárquicamente en virtud de su diferente grado de vibración.

Por tanto está claro que cuando hablamos de crecimiento personal lo hacemos en el marco de la evolución de la conciencia y las expansiones de la misma llamadas iniciaciones, impulsadas en última instancia por la fuerza del propio proceso evolutivo,y que ocurren a lo largo de todo el Sendero del Discipulado. El crecimiento es un corolario inevitable del amplio proceso evolutivo en el que estamos inmersos, y como seres humanos, lo confrontamos constantemente. Otra verdad esotérica nos dice que este proceso es autoiniciado, que todo ser humano se autoinicia a sí mismo, y que en términos de energía, el crecimiento de la conciencia conlleva el conocimiento de aquello que hace del ser humano lo que es. El autoconocimiento es pues un imperativo del crecimiento en conciencia.

Autoconocimiento
El estudio esotérico del ser humano tiene una vertiente genérica, que comprende el estudio de su constitución esotérica, es decir, los planos de energía en los que el ser humano es potencialmente consciente mediante las constelaciones energéticas que vehiculan la conciencia en evolución, de la dinámica de esos vehículos, y de las diferentes etapas del mismo proceso en sí, los mecanismos por los cuales la conciencia evoluciona, y el propósito o meta del proceso. Y tiene una vertiente individual que comprende el estudio cualitativo de los cuerpos y centros de energía mediante los que actúa cada ser humano en una encarnación determinada, de cara a un efectivo control y manejo de la energía y establecer su verdadera identidad espiritual. La identidad del ser humano está determinada por el nivel en el que se encuentra el foco de su conciencia. A mayor nivel, más amplia e inclusiva es la conciencia resultante, mayor desidentificación de los niveles inferiores, y mayor control sobre los mismos. El conocimiento y estudio objetivo — el autoconocimiento — de los campos de energía y fuerza que maneja — o por los que es manejado — un ser humano en particular posibilita un mayor grado de desidentificación, y por ende, establecer el foco la conciencia en un nivel más elevado.

La doctrina esotérica provee abundante material para el estudio de la vertiente genérica, que constituye en sí la Psicología Esotérica. Y nos provee de dos importantes disciplinas sobre las que articular el autoconocimiento: las Astrología y la Psicología de los Siete Rayos o Rayología.

Energía, cualidad e identidad
La doctrina esotérica postula la existencia de una Gran Entidad manifestándose y originando al hacerlo diferentes planos de existencia. Concebimos esta Entidad (la suma total de lo que existe), como hemos mencionado, en términos de energía. Por tanto, el concepto de energía y el concepto de Ser están estrechamente relacionados, y ambos son tan fundamentales que resultan indefinibles. Siguiendo a Michael Robbins en Tapestry of the Gods, podríamos considerar esotéricamente que “la energía es la manifestación móvil del ser, el ser en actividad”[1] .Pese a esta irreductibilidad, existen tipos de energía diferenciados entre sí por su tasa de vibración o frecuencia. Estas diferenciaciones de energía dan cuenta de las distintas entidades o identidades individuales. Cada entidad humana se manifiesta como un agregado complejo de frecuencias o hilos de energía diferentes — esotéricamente, rayos —, cuya suma total crea el patrón energético de esa entidad y ese patrón energético constituye su identidad. Por tanto la identidad de cualquier entidad es un “patrón emanado divinamente y altamente organizado de rayos interrelacionados o frecuencias”[2].

Llamamos cualidad a toda diferenciación perceptible de energía, frecuencia o vibración. La cualidad global de una entidad es producto de la frecuencia resultante de los muchos hilos de energía que componen su modelo energético, y esta cualidad global o frecuencia resultante es la clave de su identidad diferenciada. En otros términos, a los rasgos del carácter de una persona, o 'bandas de frecuencia psicológicas', los llamamos cualidades, y al efecto total de sus cualidades, su Cualidad, emanación o efecto global. Cuando experimentamos esta Cualidad global, experimentamos su identidad.

Partimos de la idea de que la mayor responsabilidad espiritual del ser humano es volverse consciente de su verdadero arquetipo espiritual — su patrón sutil de energías diferenciadas —, y manifestarlo, expresando totalmente su modelo e identidad espiritual. Por tanto es de completa importancia comprender conscientemente quienes somos, comprender el modelo del sistema de energía propio, espiritual y personal.

Constitución esotérica del ser humano
Dentro — y emanando — de la Gran Entidad que llamamos Espacio existen innumerables entidades en distintos grados de evolución, jerárquica y orgánicamente dependientes. Como cualquier entidad, nuestra Divinidad 'local', el Logos Solar existe en planos de manifestación — esotéricamente un plano es un estado de conciencia. El ser humano, “a imagen y semejanza” de la Divinidad emanante, comparte con Ella su complejidad estructural aunque sólo sea de modo potencial. En nuestro estado de evolución sólo podemos aspirar a saber algo de la complejidad de la Divinidad mediante conceptos abstractos, pero sabemos que la naturaleza de nuestro Logos Solar es triple en esencia —(de lo que dan cuenta formulaciones ternarias como Espíritu-Conciencia-Forma, Vida-Cualidad-Apariencia, Voluntad-Amor-Inteligencia, todas ellas aludiendo a la misma triplicidad fundamental), que evoluciona en siete planos de manifestación a través siete planetas sagrados y cinco no sagrados, y que responde a las energías septenarias de tres entidades suprazodiacales enfocadas sobre el sistema a través de las doce entidades zodiacales. Así, esotéricamente el ser humano es visto como una entidad poseyendo un aspecto espiritual o Mónada, transmisor de la Vida Una en cada entidad, un Alma transmitiendo el aspecto Conciencia —, y una Personalidad, manifestándose periódicamente en el mundo de las formas — los tres planos más densos del sistema: mental, emocional y físico-etérico.

En la anterior declaración reside implícito el hecho de que la entidad evolucionante utiliza en los diversos planos del sistema vehículos de manifestación, cuerpos o — en la terminología de Tapestry of the Gods — “campos”. Un campo es “un área del espacio que se distingue por una clase distinta de energía/substancia”[3]. La cualidad distintiva de cada campo es determinada por las específicas frecuencias vibratorias de la energía/substancia que cubre ese campo. De este modo, la Mónada se proyecta en la Tríada Espiritual en los planos superiores del sistema o 'sin forma', utilizándola como vehículo de manifestación en esos planos — Átmico, Búdico u Manásico —, en los que así se enfocan la Voluntad Espiritual, el Amor Espiritual y la Inteligencia Espiritual de la Mónada. Y el alma, como centro de conciencia, es a su vez una proyección de la Tríada Espiritual, y toma forma en los niveles abstractos del plano mental, con la ayuda inmemorial de un Ángel Solar, en el llamado Cuerpo Causal.

Sin embargo, desde el punto de vista de la Psicología Esotérica y del actual estado de evolución humana, el ser humano es considerado una entidad de naturaleza quíntuple, y por tanto se estudian cinco campos principales:

  -El campo transpersonal — el campo del Alma o Yo Superior

-El campo de la personalidad, formado por la integración de los tres campos inferiores, y sede del sentido limitado del yo

-El campo o cuerpo mental

-El campo o cuerpo emocional

-El campo vital-etérico, bio-campo o cuerpo etérico-físico

La relación entre estos campos es jerárquica, funcional y evolutivamente hablando. A su vez, los tres cuerpos que forman la personalidad están estructurados en siete centros focales de energía o chacras, que reciben la energía vital del sistema, la energía de algún aspecto de la personalidad o de la personalidad integrada como un todo, o la energía transpersonal que proviene del Alma, energías que determinan la actividad del ser humano en manifestación.

Cada uno de los tres vehículos de la personalidad está formado por substancia del plano respectivo y animado por una vida elemental involucionante. La substancia de cada cuerpo pertenece a su vez a los distintos subplanos — siete — de cada plano, y la cantidad relativa de substancia de los subplanos superiores determina la relativa “pureza” de los vehículos. La personalidad en sí, es una vida elemental de orden superior a los vehículos que la integran. Puesto que el Alma tiene su sede — el Cuerpo Causal — en el subplano inferior del plano mental abstracto, y la personalidad se encuentra entre el Alma y la unidad mental funcionando en el plano mental concreto, la naturaleza de la personalidad es también mental por tanto, y su substancia constituida por imágenes y conceptos del yo, sujeta a la dinámica del plano mental, e imbuida de las facultades de dicho plano.

A destacar aquí de estas facultades, la creatividad o la tendencia de la substancia mental o 'chitta' a crear formas mentales diferenciadas, y la facultad de fijación de esas formas mentales en agregados permanentes. De hecho, de esta última facultad depende la formación de una personalidad estable o 'fuerte', i.e., la creación de un concepto o imagen del yo (identidad personal) relativamente permanente. Esta facultad de fijación — relacionada con la de concentración — depende en última instancia de la facilidad de la substancia mental para traducir la Voluntad y el Propósito emanados desde niveles superiores en Planes y diseños (en este caso, personales).

Dinámica del proceso evolutivo
El propósito del proceso evolutivo es obtener conciencia en cada plano en el que el ser humano se manifiesta y lograr el control efectivo de las energías que pueda manejar en cada plano, para que de ese modo sea posible la realización de la parte del Plan Divino que a la humanidad como un todo le corresponde, Plan que implementa el todavía desconocido Propósito de la Deidad.

En lo que al ser humano concierne, el mecanismo diseñado para la evolución de la conciencia es el de la reencarnación. El Alma, un centro — relativamente — estable de conciencia, experimenta periódicamente el impulso de 'tomar' forma. El motor de la evolución es la identificación o apego a algún aspecto del mundo de las formas, i.e., el deseo. En las primeras etapas evolutivas, el impulso a encarnar viene determinado por la sed de experimentar algún aspecto de los planos inferiores de manifestación. Luego, este impulso viene determinado de forma grupal — la conciencia del Alma en su propio plano es conciencia grupal — para responder a alguna necesidad del mundo. Como es sabido, el Alma retiene en el Cuerpo Causal la experiencia de encarnaciones previas, y retoma el proceso evolutivo en cada encarnación subsiguiente, transmitiendo la información causal a través de los puntos focales de energía llamados átomos permanentes.

Cada encarnación plantea una nueva lección evolutiva (o la continuación de lecciones previas) o dharma, y está asimismo condicionada por la ley de causa y efecto, acción y reacción o karma, que permite restablecer el equilibrio del balance energético causal mediante compensaciones a distintos niveles (individual, grupal, nacional, racial, etc.). Alternativa o simultáneamente — dependiendo del nivel de evolución alcanzado —, el deseo y la sed de experiencia personal o el propósito transpersonal del Alma guían a la misma a las circunstancias vitales de una encarnación determinada. Gran parte de esta información queda recogida en la carta natal del individuo, aunque su correcta interpretación no es una tarea sencilla sin la ayuda de la intuición.

Por otro lado, en virtud de que toda la energía/substancia existente pertenece a uno de siete tipos diferenciados de la misma, o rayos, el Alma y sus vehículos están cualificados por un determinado rayo. El rayo del Alma permanece constante durante la serie de incontables encarnaciones, pero los rayos de la personalidad y de los tres cuerpos cambian de una encarnación a otra.

Sumariamente, la evolución de la personalidad comienza con la identificación del foco activo de la conciencia en el nivel físico, y procede a lo largo de una serie de integraciones tras lograr cierta medida de estructuración funcional del vehículo que permita un control consciente de la energía en el plano físico. La coordinación del autómata físico y el cuerpo etérico representa un primer logro, y en esta etapa, el ser humano es básicamente instintivo, y movido por pulsiones, y los centros activos fundamentalmente el centro en la base de la columna — en grado suficiente para transmitir el instinto de supervivencia o la voluntad de existir —, y el centro sacro, transmitiendo el impulso de reproducción.

La siguiente integración implica al cuerpo emocional, dando lugar a una potente vida de deseos, estimulados por la representación imaginativa y la anticipación de la satisfacción de las necesidades básicas. Las reacciones de placer y dolor dirigen el mecanismo selectivo de experiencias, y el plexo solar concentra las energías del nivel alcanzado de integración personal. Los estados emocionales de apego y repulsión, y los sueños de anticipación ocupan la conciencia.

La necesidad de alcanzar de modo más eficiente los objetivos deseados obliga a despertar a la unidad mental y señala el comienzo de proceso racionales incipientes. La coordinación inicial entre el cuerpo emocional (y la implícita integración entre éste y el vehículo físico-etércio) y la unidad mental determina la aparición del hombre kama-manásico, en el que los procesos mentales están totalmente subordinados a la vida de deseos. A medida que la actividad mental se vuelve más refinada, se evidencia la capacidad del ser humano para vivir su vida de modo más inteligente mediante planes de mayor alcance que garanticen de forma más eficiente los objetivos de la personalidad aún no integrada. Con un mayor grado de polarización mental, el sentido del yo diferenciado, y de la importancia y autoafirmación personal emergen como valores prioritarios, y esta etapa precede a la integración de la personalidad. El centro laríngeo comienza a entrar en actividad como resultado de la creciente habilidad para crear formas mentales, y el hombre comienza a ser creativo en algún área determinada.

La serie de integraciones sucesivas produce en cada caso una expansión de conciencia e introducción en un nuevo campo, hasta ahora inconsciente (supraconsciente), más amplio e incluyente; al mismo tiempo campos de percepción de un nivel inferior van quedando bajo el umbral de la conciencia, deviniendo inconscientes. La emergencia de un nuevo campo de expresión produce siempre un aflujo de energía que insta a los niveles hasta ese punto integrados a adaptarse a valores y principios superiores, suscitando resistencia y conflicto. Por tanto cualquier integración va precedida por correspondientes e insoslayables mecanismos de crisis, de cambio y salto evolutivo hacia un área de expresión hasta ahora desconocida. Cada integración supone igualmente el desplazamiento del foco de conciencia, la identificación con el campo emergente y la desidentificación con los campos precedentes. Debido a que toda identificación transitoria implica numerosos vínculos de apego, originados en la naturaleza emocional, el periodo entre identificaciones suele ir acompañado de dolor e incertidumbre.

La ontogénesis del ser humano desde el estado de embrión hasta el estado de adulto puede verse como una recapitulación de todo el proceso evolutivo genérico e individual recorrido hasta ahora por el individuo. Esta recapitulación individualizada ha sido hasta ahora estudiada de forma exhaustiva por la Psicología Evolutiva, dando lugar a numerosos modelos de las etapas evolutivas, de los cuales uno de los más significativos en relación al punto de vista esotérico es el paradigma psicológico propuesto por Ken Wilber en sus diferentes escritos.

Integración personal y transpersonal
La etapa de integración que cada individuo afronta depende del campo de expresión o cuerpo en el que se haya polarizado — con el que se halla mayormente identificado —, y esto indica el siguiente nivel que ha de esforzarse por dominar — aunque el dominio de cualquier campo nunca es lineal ni definitivo hasta un punto elevado de evolución. Cada campo provee las facultades y modalidades de expresión que permiten solucionar satisfactoriamente los problemas de integración suscitados desde el nivel inmediatamente inferior, y emerge cuando este último alcanza cierto grado de desarrollo. Es preciso por tanto un alto grado de desarrollo mental antes de que pueda hablarse de integración de la personalidad o constitución de un control de conciencia personal fuerte, y la polarización en el cuerpo mental es la tarea que afronta la raza humana como un todo. Del mismo modo, es preciso alcanzar cierto grado de integración personal — funcionar como una personalidad —, antes de comenzar a trabajar en la fusión de los campos personal y transpersonal, es decir, en la identificación consciente con el Alma. La Psicología Esotérica se ocupa principalmente de estas dos últimas etapas de integración, personal y transpersonal, ante las que se encuentra buena parte de la humanidad.

En Psicología Esotérica Vol.II [4], el Maestro D.K. enumera algunas de las acepciones del término “personalidad”. Una personalidad es un ser humano separado (consciente de su individualidad), que actúa coordinadamente en su triple instrumento (influyendo en su medio ambiente y dominando sus circunstancias), con un sentido del destino (que lo lleva a emplear su fuerza de voluntad para someter su naturaleza a la disciplina necesaria para alcanzarlo), y totalmente integrado (pudiendo funcionar como uno sólo con un mecanismo totalmente unificado y subordinado al propósito percibido. A esto ha de añadirse que la verdadera significación de la personalidad se alcanza cuando ésta y el Alma se han fusionado. Entonces la personalidad actúa como perfecta expresión en el mundo de las formas de su verdadera identidad espiritual. Del mismo modo que la Mónada representa el aspecto Voluntad del ser humano y el Alma el aspecto Amor-Sabiduría, la Personalidad (integrada) está llamada a expresar el aspecto Inteligencia.

En Tapestry of the Gods, Michael Robbins amplía y ordena estas ideas sobre la dinámica y funciones de la personalidad en forma de parámetros susceptibles de investigación e indagación psicosintética y rayológica:

  - Expresión del alma en los tres mundos de manifestación humana. Se recuerda aquí que la personalidad en una vida elemental involutiva, perteneciente al mundo de la forma, incialmente renuente a conformarse a impulsos superiores, cuya principal función es servir de instrumento de expresión del Alma, a cuyo efecto debe cultivar sensibilidad a los impulsos de la misma.

-Integración de los campos mental, sensorio y físico. El desarrollo de la conciencia personal fuerza la integración de los conflictos entre los tres campos y entre los diversos aspectos mismos de la personalidad (subpersonalidades), gracias a la 'fuerza centralizadora de la autoidentidad', compeliendo a los vehículos inferiores a funcionar como uno.

-Coordinación y dirección de la actividad en el plano físico. La personalidad está relacionada con el plano físico de la misma manera que el Alma los está con el plano sensorio o emocional y la Mónada lo está con el plano mental. El campo natural de aplicación de la personalidad es el plano físico concreto, en dónde debe manifestar efectividad y dominio.

-Identidad centralizada. Esto implica un fuerte proceso de individualización y un sentido permanente e inalienable del yo situado en el centro de su propio mundo. Esta centralización de la identidad conlleva poder, eficiencia y reconocimiento.

-Autonomía, independencia y originalidad. La fuerza centralizadora de la personalidad fuerza a la entidad humana a verse así misma como un punto y una fuente diferenciada e independiente de conciencia y de poder, un punto de origen capaz de sostener una percibida y diferenciada manera de ser.

-Establecimiento de la vocación preliminar. Una personalidad integrada posee un patrón vibratorio diferenciado que intenta expresarse a través una actividad que ponga de relieve esta individualidad, experimentando la “llamada” a construir su propio camino en el mundo.

Existen además dinámicas negativas que surgen de la resistencia del elemental de la personalidad a ceder el control una vez que se ha obtenido cierto grado de dominio: obstaculizar la expresión del Yo Superior, evadir la “llamada superior”, rehusarse a crecer y limitar la expansión, expresar egoísmo y separatividad, y establecer constante autoreferencia y egocentrismo.

A su vez, la dinámica del campo transpersonal y las distintas maneras en que este puede ser reconocido y experimentado por la personalidad puede estudiarse como áreas de expresión susceptibles de indagación, que emanan en última instancia de las leyes a las que el alma responde en su propio plano. La modalidad de expresión en cada área depende del rayo al que el Alma pertenece. Michael Robbins propone considerar al Alma como:

  -Fuente de la mayor contribución y servicio — la verdadera vocación. Tanto en los planos internos como en los externos, la cualidad determina la función. La clave de la identidad transpersonal es la diferenciación funcional, de acuerdo a las afiliaciones grupales subjetivas del alma y a su propio modelo de energía. Al cumplir esta función dominante el Alma cumple su parte en el Plan Divino, y esta contribución es en sí misma servicio: lo mejor que un individuo puede ofrecer de sí, ligado a la plena expresión de su identidad. Buscar la verdadera vocación es buscar la verdadera identidad y expresarla.

-Fuente del autodesinterés y altruismo propios. El Alma es esencialmente conciencia grupal, y bajo la ley de sacrificio busca darse a través de los impulsos de un centro cardiaco abierto. Los demás (“altrui”) son percibidos como formando parte integral de uno mismo como resultado de los impulsos altruistas del alma.

-Fuente de la verdadera conciencia. El alma dirige la conducta y al actividad de modo general y sutil, intentando conformar la personalidad a su designio. A esto lo llamamos la voz de la conciencia; no se interesa en los detalles de la vida de la personalidad, pero intenta corregir pasos equivocados y señalar omisiones y comisiones. Es posible reconocer la voz de la conciencia porque siempre hace referencia al Plan, e intenta encauzar al individuo hacia actividades de alcance suprapersonal.

-Fuente de la actividad más gozosa. Las actividades inspiradas por el alma son una fuente pura alegría, de modo que podrían continuarse de modo indefinido con entusiasmo inagotable. Cuando la búsqueda de la felicidad de la personalidad se encuentra con esta fuente de alegría, la verdadera vocación se encuentra. Todas las actividades del alma promueven una pérdida de sí mismo por amor a la propia acción, durante la cual se pierde el sentido de ser un centro separado.

-Fuente de la mayor percepción de significado. El significado se crea cuando una parte se relaciona de modo apropiado con el todo. Cuando la sabiduría del alma fluye a través de la conciencia personal, nada de la vida personal permanece sin relacionar con un propósito más amplio. Todo entonces cobra sentido a la luz de la visión superior del alma. Los rayos determinan siete esquemas de referencia que organizan la visión del mundo del alma y en términos de los cuales todas las experiencias son interpretadas.

-Fuente del mayor sentido de lo sagrado. Cuando el campo del alma se manifiesta poderosamente en la vida personal, ciertas actividades, personas, lugares o contactos serán vistos como especiales, dotados de un aura de santidad. Tales experiencias serán sentidas infundidas de un profundo sentido de lo sublime, conduciendo a una profunda identificación con el todo.

-Fuente de los “deseos del corazón”. El deseo profundo del corazón es un reflejo de la voluntad del alma. Descansa en la raíz de todos lo individuos como su poder motivante e inspirador, en el centro del corazón como la corriente de deseo más puro esperando ser actualizado. Especialmente cuando el centro cardiaco comienza a abrirse, el deseo del corazón revelará al alma.


El Discipulado y las Catorce Reglas para la Iniciación

Desde la perspectiva esotérica, los procesos de integración de la personalidad y la posterior fusión con el Alma sigue un proceso bien estructurado y delineado por parte de la Jerarquía Planetaria — quinto reino de la naturaleza al que debe acceder evolutivamente el reino humano o cuarto reino — : el Sendero del Discipulado. En una época relativamente reciente de la historia de la humanidad, la Jerarquía de Maestros espirituales instituyó un proceso en conformidad con las leyes cósmicas, para acelerar y ayudar a la humanidad en el tránsito al reino de las Almas. Este proceso está jalonado por una serie de iniciaciones sucesivas o expansiones de conciencia, que representan la estabilización del nivel vibratorio alcanzado en una determinada etapa. Como dijimos, este proceso es autoiniciado, siendo en realidad el ser humano quien se inicia a sí mismo. Los aspectos energéticos y ceremoniales de la iniciación solo se producen cuando el ser humano alcanza el nivel requerido para la iniciación, nivel que la permite recibir el aflujo de energía estabilizadora de mano de instancias superiores.

El sendero del discipulado es antecedido por el sendero de probación, y consta de la etapas preparatorias para cinco iniciaciones que puede recibir el ser humano antes de pasar al quinto reino como Alma liberada de la necesidad de reencarnar. Las tres primeras implican un progresivo control de los vehículos físico, emocional y mental, y la tercera, o Transfiguración, define el momento de total identificación de la personalidad con el alma, la meta, quizás lejana que podemos percibir como personalidades. Dado que la cuarta y la quinta iniciaciones — la Gran Renunciación o Crucifixión y la Resurreccción — señalan las etapas finales de desidentificación con el mundo de las formas, sucediéndose por lo general en un breve periodo de tiempo, el largo periodo de tiempo entre el sendero de probación y la tercera iniciación es el que implica realmente las tareas de integración de los campos personal y transpersonal. Las catorce reglas para la iniciación delinean las etapas de este extenso periodo, y su estudio resulta del mayor interés desde el punto de vista de evolución psicológica, pues implican técnicas y enfoques usados por muchas disciplinas de integración y crecimiento personal.

Hay que decir que estas reglas fueron enunciadas de forma simbólica por Alice A. Bailey en Iniciación humana y solar, y solo recientemente tenemos una exégesis inteligente e inspirada de las mismas en el libro de Zachary Lansdowne — un resumen de las mismas puede estudiarse en el apéndice.

El discipulado es contemplado por una institución esotérica dedicada al entrenamiento de discípulos como es la Escuela Arcana, como teniendo tres vertientes inseparables: la meditación, como medio de entrenar la mente, siguiendo los principios milenarios del Raja Yoga, a fin de contar con un instrumento de contacto con el Alma en los planos mentales, sensible al conocimiento directo e intuitivo que el alma proporciona. El estudio, a fin de comprender la naturaleza de las energías y fuerzas que el discípulo debe aprender a manejar, y las complejas cadenas de causa y efecto del mundo manifestado — el esoterismo es por definición el estudio de la contraparte subjetiva y determinante de las apariencias objetivas, es decir de las energías que son causa de la manifestación; en lo que respecta al ser humano, su contraparte subjetiva la constituyen las energías condicionantes del alma. Y por último el servicio, como de precipitar las energías del alma en el plano físico y como expresión de la voluntad y designio espiritual del alma.

En su libro, Lansdowne encara la exégesis del simbolismo de las reglas desde dos puntos de vista: como reglas para la formación del carácter y como reglas para la meditación — nos limitaremos aquí a la primera serie, más bien a lo que se desprende de ellas que al simbolismo en concreto. Lansdowne define la formación del carácter como “el esfuerzo realizado para expresar en el mundo físico la actitud del alma y la conciencia del alma a través de la personalidad”.[5] Las primeras siete reglas se aplican a las dos etapas que constituyen el sendero de probación, y las últimas siete reglas abarcan el periodo entre la primera y la tercera iniciación. La naturaleza autoinducida del proceso requiere que el aspirante o el discípulo determine por sí mismo la etapa alcanzada, mediante un reconocimiento de lo logrado, y que continúe a partir de ahí. El sendero de probación comienza con un incipiente contacto con el altruismo del Alma que impele a iniciar un periodo de autodisciplina y purificación para superar la división interna percibida. Las siete reglas elementales pueden considerarse como un constante y progresivo proceso de crecimiento personal, del que los rasgos más importantes desde el punto de vista psicodinámico son:

  - naturaleza cíclica del proceso; toma de conciencia de substancia impropia en los campos mental, emocional y físico, denominada esotérica y respectivamente ilusión, espejismo y maya; en la meditación se introduce la técnica de desidentificación (pratyahara)

-introducción de técnicas de invocación para evocar nuevos modelos de conducta y comenzar a descubrir las motivaciones subyacentes;

-práctica del servicio impersonal como método de integración espiritual capaz de evocar los poderes del Alma

-adquisición de cualidades o virtudes mediante la reflexión y la visualización creativa y proyección de imágenes positivas; práctica de la meditación receptiva y actitud de escucha

-cultivo de actitudes mentales no separativas producto de algún logro alcanzado en la autodisciplina; en la meditación, proyección de afirmaciones positivas para introducir correcciones de comportamiento y reforzar actitudes positivas

-introducción de la técnica del como si, un esfuerzo avanzado de invocación activa y meditativa del estado de conciencia del Alma; cultivo de la inspiración del Alma en la vida diaria

En las reglas avanzadas (a partir de la primera iniciación):

  - continuación de la práctica del como si y comienzo de un periodo de autoobservación para llegar a conocerse mejor a sí mismo y las energías con las que trabaja y contacta, aprendiendo a dirigirlas efectivamente; cultivo de la intuición y sensibilidad a la percepción del Alma en su propio plano

-cultivo de correctas relaciones grupales de cooperación; en la meditación, construcción del primer segmento del antahkarana, o puente de substancia mental entre el cuerpo mental y el Alma, mediante técnicas más refinadas de visualización y de creación de formas mentales

-énfasis en técnicas más elevadas para purificar la naturaleza emocional del espejismo, cambiando la programación interna del cuerpo emocional mediante el análisis crítico realizado con la ayuda de la mente; meditación reflexiva y creativa

-estudio de los acontecimientos del mundo fenoménico como símbolos de causas internas a fin de descubrir soluciones a los problemas globales; formulación de planes; cultivo de estados de conciencia contemplativos a fin de conseguir iluminación del Alma

-desarrollo de un servicio verdadero: materialización de planes con finalidad práctica en el mundo físico; desarrollo de un mayor contacto con el Plan; consagración de la personalidad a la vida del Alma

-cultivo del aspecto voluntad del Alma; desarrollo e interpretación intuitiva de habilidades psíquicas

Es importante observar como estas antiguas reglas emanan y formulan técnicas y métodos de crecimiento y desenvolvimiento usadas ampliamente en corrientes actuales de psicología transpersonal.

Por su extensión este aertículo ha sido dividido en cuatro partes:

-ELEMENTOS PARA UNA PSICOASTROLOGÍA DEL CRECIMIENTO PERSONAL (I)

-ELEMENTOS PARA UNA PSICOASTROLOGÍA DEL CRECIMIENTO PERSONAL (II)

-ELEMENTOS PARA UNA PSICOASTROLOGÍA DEL CRECIMIENTO PERSONAL (III)

-ELEMENTOS PARA UNA PSICOASTROLOGÍA DEL CRECIMIENTO PERSONAL (y IV)


 
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