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La vida como escuela, la existencia
como aprendizaje
Hemos planteado ya anteriormente, al hablar de las
limitaciones del método científico y de
la ciencia en estos momentos, la pregunta de ¿cuál
es el objetivo de la vida humana? He aquí algo
que la Medicina de la Universidad no se interroga ni
cree necesario hacerlo, dado que ha decidido limitarse
en los últimos siglos a dar soluciones funcionales
y trabajar exclusivamente en el cuerpo del hombre. Pero,
repetimos nuevamente, el individuo humano no está
formado sólo por su cuerpo, sino que se halla
constituido al menos por tres niveles claramente diferenciados,
los cuales funcionan de modo integrado influyéndose
mutuamente (puesto que forman una unidad individualizada):
la parte física accesible a los sentidos y a
la experimentación, la parte emocional (psíquica,
anímica), más profunda y aún no
accesible a la ciencia, y la mental (espiritual), el
plano más elevado e interno de los tres. Cada
plano superior manda sobre el inferior, aunque un suceso
en cualquiera de ellos repercute sobre los demás
automática e inmediatamente. La división
tripartita del ser humano la encontramos ya entre los
sumerios, o sea, en la misma patria que la ciencia de
los influjos celestes, donde también nacieron
la escritura fonética y el sistema de numeración
de posición (III milenio a.C.).
El hombre no es simplemente un conjunto formado por
compuestos químicos, y no puede ser tratado en
exclusiva como tal; sus respuestas van mucho más
allá de la Química y la Mecánica.
Vive, siente, piensa, goza y sufre, posee un plan de
vida que ha de descubrir y cumplir, lo cual condiciona
drásticamente lo que sucede en la "planta
baja" del edificio humano, constituida por el cuerpo
físico (equilibrio salud-enfermedad).
Esta realidad es tomada en consideración de
un modo cada vez más amplio en algunas de las
llamadas "medicinas alternativas", como es
el caso de muchos homeópatas, terapeutas florales
y otros. Por su parte, las ciencias de la Antigüedad
(Astrología, Alquimia) van más allá
y afirman que cada esfera planetaria ha generado su
correspondiente réplica en los seres vivos, sobre
todo en el hombre, el más completo de todos ellos.
En esta visión el cuerpo (parte física)
lo ha dado la Tierra, el alma las esferas planetarias
y el espíritu las estrellas fijas (ciclos más
largos).
La ciencia materialista no puede responder a la cuestión
de cuál es el objetivo de nuestro paso por la
Tierra, puesto que la razón no está en
la materia. Y sin embargo es ésta una interrogante
que todo individuo está llamado a hacerse alguna
vez en su vida; bajo el punto de vista de algunas escuelas
médicas posee una importancia crucial para atajar
el binomio salud-enfermedad.
Los homeópatas interpretan que, cuando los
síntomas van de "fuera" hacia "dentro",
el paciente está empeorando su situación;
por ejemplo, si se suprime un eccema con una pomada,
al cabo de un tiempo puede aparecer un problema alérgico
o asmático, y por tanto la salud está
retrocediendo. Si en cambio el proceso va de "dentro"
hacia "fuera", aunque pueda resultar molesto,
consideran que el paciente está mejorando su
salud; a un constipado (mucosas) puede suceder la varicela,
que se manifiesta a nivel de la piel. Aunque coloquialmente
hablemos de enfermedad, el homeópata interpretará
que el paciente está evolucionando hacia la curación
total.
Las enfermedades físicas acarrean a la par
trastornos en el carácter y en la conducta, incluso
pueden venir acompañadas de alteraciones en el
estado mental, puesto que, como decimos, el ser humano
funciona de modo integrado. Hoy que lo religioso recula
en nuestra sociedad, vemos en paralelo una creciente
tendencia por parte de algunas escuelas médicas
o de muchos profesionales de la Medicina y de la Psicología
a considerar la vida como una escuela en la que se debe
llevar a cabo un largo aprendizaje; bajo este punto
de vista las alteraciones de la salud, los síntomas
y las enfermedades pueden y deben ser interpretados
como una clave que nos lleve a conocer el error que
estamos cometiendo en nuestras acciones cotidianas.
No es ningún descubrimiento nuevo, pues ya vemos
en el Nuevo Testamento una constante alusión
a la relación entre el pecado (error en la vida)
y la enfermedad.
Una de las personas que trató con más
claridad este asunto en el siglo XX fue Edward Bach
(1886-1936), doctor en Medicina y Filosofía,
así como licenciado en Ciencias y creador de
un sistema terapéutico conocido popularmente
como "flores de Bach":
Nunca se erradicará ni se curará la
enfermedad con los actuales métodos materialistas,
por la sencilla razón de que la enfermedad no
es material en su origen. Lo que nosotros conocemos
como enfermedad es el último resultado producido
en el cuerpo, el producto final de fuerzas profundas
y duraderas, y aunque el tratamiento material sólo
sea aparentemente eficaz, es un mero alivio temporal
si no se suprime la causa real...
La enfermedad es en esencia el resultado de un conflicto
entre el Alma y la Mente, y no se erradicará
a no ser con un esfuerzo espiritual y mental. Estos
esfuerzos, si se llevan a cabo adecuadamente, con entendimiento,
pueden curar y evitar la enfermedad al eliminar esos
factores básicos que son su causa primaria. Ningún
esfuerzo dirigido únicamente al cuerpo puede
hacer algo más que reparar superficialmente el
daño, y no hay curación en ello, puesto
que la causa sigue siendo operativa y en cualquier momento
puede volver a demostrar su presencia en otra forma.
De hecho, en muchos casos una aparente mejoría
resulta perjudicial, al ocultarle al paciente la auténtica
causa de la molestia, y con la satisfacción de
una salud aparentemente mejorada, el factor real, no
descubierto, puede adquirir renovadas fuerzas(15)...
Otros autores se han levantado contra la corriente
general expresándose en términos similares:
Aquí está la diferencia entre combatir
la enfermedad y transmutar la enfermedad. La curación
se produce exclusivamente desde una enfermedad transmutada,
nunca desde un síntoma derrotado...
...Sólo en este contexto puede criticarse la
medicina académica. La medicina académica
habla de curación sin tomar en consideración
este plano, el único en el que es posible la
curación... La medicina se limita a adoptar medidas
puramente funcionales que, como tales, no son ni buenas
ni malas, sino intervenciones viables en el plano material.
En este plano la medicina puede ser, incluso, asombrosamente
buena; no se pueden condenar todos sus métodos
en bloque; si acaso, para uno mismo, nunca para otros(16)...
Volvamos a Edward Bach, que se expresa con toda sencillez
y claridad sobre el asunto que nos ocupa:
Para entender la naturaleza de la enfermedad hay que
conocer ciertas verdades fundamentales.
La primera es que el hombre tiene un Alma que es su
ser real; un Ser Divino, Poderoso, Hijo del Creador
de todas las cosas, del cual el cuerpo, aunque templo
terrenal de esa Alma, no es más que un diminuto
reflejo...
El segundo principio es que nosotros, tal y como nos
conocemos en el mundo, somos personalidades que estamos
aquí para obtener todo el conocimiento y la experiencia
que pueda lograrse a lo largo de la existencia terrena,
para desarrollar las virtudes que nos falten y para
borrar de nosotros todo lo malo que haya, avanzando
de ese modo hacia el perfeccionamiento de nuestras naturalezas.
El Alma sabe qué entorno y qué circunstancias
nos permitirán lograrlo mejor, y por tanto nos
sitúa en esa rama de la vida más apropiada
para nuestra meta.
En tercer lugar, tenemos que darnos cuenta de que
nuestro breve paso por la tierra, que conocemos como
vida, no es más que un momento en el curso de
nuestra evolución, como un día en el colegio
lo es para toda la vida, y aunque por el momento sólo
entendamos y veamos ese único día, nuestra
intuición nos dice que nuestro nacimiento estaba
infinitamente lejos de nuestro principio y que nuestra
muerte está infinitamente lejos de nuestro final...
... un cuarto principio, que mientras nuestra Alma
y nuestra personalidad estén en buena armonía,
todo es paz y alegría, felicidad y salud. Cuando
nuestras personalidades se desvían del camino
trazado por el alma, o bien por nuestros deseos mundanos
o por la persuasión de otros, surge el conflicto.
Ese conflicto es la raíz, causa de enfermedad
e infelicidad...
... El siguiente gran principio es la comprensión
de la Unidad de todas las cosas: el Creador de todas
las cosas es Amor, y todo aquello de lo que tenemos
conciencia es en su infinito número de formas
una manifestación de ese amor...
... Así pues, vemos que hay dos errores fundamentales
posibles: la disociación entre nuestra alma y
nuestra personalidad, y la crueldad o el mal frente
a los demás, pues ése es un pecado contra
la Unidad. Cualquiera de estas dos cosas da lugar a
un conflicto, que desemboca en la enfermedad. El entender
dónde estamos cometiendo el error (cosa que con
frecuencia no sabemos ver) y una auténtica voluntad
de corregir la falta nos llevará no sólo
a una vida de paz y alegría, sino también
a la salud(17).
Bach emplea como médico un lenguaje casi religioso,
alineándose con ello en la doctrina más
clásica que pueda imaginarse; como bacteriólogo
y científico entregado a la investigación
conocía lo que cualquier colega contemporáneo,
pero supo darse cuenta a tiempo de las insuficiencias
de las enseñanzas académicas. Él
mismo habló de Astrología al relacionar
algunos de sus remedios con las posiciones de la Luna
en el Zodíaco durante el nacimiento, aunque no
dejó escrita gran cosa sobre este asunto; por
ello no debe extrañarnos que como causa fundamental
de la enfermedad señale el actuar contra la "Unidad"
(Capítulo III de Cúrese usted mismo),
expresado en siete facetas: orgullo, crueldad, odio,
egoísmo, ignorancia, inestabilidad y codicia.
Esto nos recuerda a los "siete pecados capitales"
del Catecismo Cristiano, e inmediatamente a los dominios
emocionales de las siete esferas planetarias. La inestabilidad
se relaciona con la Luna (variabilidad, planeta más
rápido, hormonas); la ignorancia con Mercurio
(aprendizaje, discriminación); el odio con Venus
(amor, armonía con los demás; en las separaciones
matrimoniales el "amor" suele transmutarse
en odio); el orgullo con el Sol (centro, exclusividad,
poder); la crueldad con Marte (agresividad, territorio,
lucha); el egoísmo con Júpiter (símbolo
del altruismo, su contrario), y la avaricia con Saturno
(planeta del desapego).
Ahora podemos ver cómo cualquier tipo de enfermedad
que podamos sufrir nos llevará a descubrir el
defecto que yace bajo nuestra aflicción. Por
ejemplo, el orgullo, que es arrogancia y rigidez de
la mente, dará lugar a esas enfermedades que
producen rigidez y entumecimiento del cuerpo. El dolor
es el resultado de la crueldad, en tanto que el paciente
aprende con su sufrimiento personal a no infligirlo
a los demás, desde un punto de vista físico
o mental. Los castigos del odio son la soledad, los
enfados violentos e incontrolables, los tormentos mentales
y la histeria. Las enfermedades de la introspección
-neurosis, neurastenia y condiciones semejantes-, que
privan a la vida de tanta alegría, están
provocadas por un excesivo amor a sí mismo, egoísmo.
La ignorancia y la falta de sabiduría traen sus
dificultades propias a la vida cotidiana, y además,
si se da una persistencia en negarse a ver la verdad
cuando se nos brinda la oportunidad, la consecuencia
es una miopía y mala visión y audición
defectuosa. La inestabilidad de la mente debe llevar
en el cuerpo a la misma cualidad, con todos esos desórdenes
que afectan al movimiento y a la coordinación.
El resultado de la codicia y del dominio de los demás
son esas enfermedades que harán de quien las
padece un esclavo de su propio cuerpo, con los deseos
y las ambiciones frenados por la enfermedad.
Por otra parte, la propia zona del cuerpo afectada
no es casual, sino que concuerda con la ley de causa
y efecto, y una vez más será una guía
para ayudarnos(18)...
Volvemos a la doctrina de la unidad e inseparabilidad
de las partes en la naturaleza, y por ello estamos plenamente
de acuerdo con Bach y otros autores que han trabajado
en la misma dirección; pero aquí hemos
de añadir que, bajo el punto de vista de la cosmología
astrológica, la herramienta horoscópica
no nos da solamente una información precisa,
extraíble también mediante la interpretación
de los signos y síntomas manifestados por el
individuo. Las direcciones astrológicas nos proporcionan
además la coordenada "tiempo", los
planetas implicados en la crisis y la intensidad de
ésta (valor numérico, astrodinas), ampliando
nuestro conocimiento de lo que sucede al individuo y
aumentando las posibilidades de atajar los problemas.
La vida es un laberinto en el que nos movemos permanentemente,
de modo que todo lo que nos lleve a comprender dónde
estamos y encontrar una salida resulta de enorme utilidad.
Este laberinto se inicia en la Tierra con el nacimiento
y acaba con la muerte, aunque algo nos insinúa
que viene de más atrás y continúa
más allá; en tanto nos encontremos sobre
esta orilla del mundo, la herramienta astrológica
constituye el hilo de Ariadna ideal para moverse en
su interior y no perder la conexión con el verdadero
ser que habita dentro de nosotros.
Más allá del horóscopo de salud,
amor y dinero, la Astrología proporciona la hoja
de ruta que el viajero ha de cumplimentar aquí
en la Tierra. La interpretación de los síntomas
y de las enfermedades resulta también útil,
pues estos no son sino las señales enviadas al
"exterior" de que algo no marcha bien en el
ser interior, a fin de cuentas más real y duradero
que el cuerpo; pero la ciencia astrológica va
más lejos y nos permite comprender y atajar cada
situación, cada etapa de la vida. Nos anuncia
qué y cuándo nos va a suceder (siempre
en términos de probabilidades), qué lecciones
nos toca aprender y cómo hacer para superarlas.
De ello nos ocuparemos ampliamente en el Capítulo
siguiente.
Por supuesto, la persona es libre de elegir entre
las diversas posibilidades que la vida le va ofreciendo,
y posee un cierto margen de maniobra para ir labrándose
su propio destino; no existe ningún determinismo
astrológico, ya que, de poder predecir el futuro
con exactitud, siempre tendríamos oportunidad
de maniobrar con antelación para modificarlo.
Por tanto, todo pronóstico astrológico
debe realizarse siempre en términos de probabilidades
(lo mismo cabe decir, en general, de toda predicción
científica).
La experiencia demuestra que cuando no se superan
las pruebas a que continuamente nos está sometiendo
la vida, debemos repetir las mismas situaciones; aparecen
entonces los complejos psicológicos y las enfermedades,
pero siempre hay algo por aprender. Cada día
que amanece es una nueva oportunidad para avanzar; cuando
esto no se ve así, constituye el aviso de que
el individuo renuncia a caminar o se ha hecho viejo,
fosilizándose. La Biblia nos habla de la estatua
de sal en que se convirtió la mujer de Lot cuando
miró atrás (el pasado).
La felicidad, como afirmaba Goethe, no consiste en
hacer lo que a uno le gusta, sino en que nos guste lo
que hacemos, independientemente de la profesión
o de la clase social a la que se pertenezca; más
allá de la razón, ocupar el lugar que
nos corresponde y seguir el plan que tenemos asignado
(el ser interior lo conoce muy bien, sólo hay
que saber escucharlo) es la mayor fuente de alegría
y bienestar posible. Para llevarlo a cabo basta dejarse
llevar por el corazón, relajando los habituales
controles de la mente, a la que también hay que
dejar expresarse.
Antes de finalizar este punto queremos recordar que,
muchas de las personas que se enfrentaron a enfermedades
graves y las superaron, dieron a partir de entonces
un vuelco radical en sus vidas (nos viene a la memoria
Josep Carreras por su gran popularidad, tras vencer
a la leucemia); su visión de la existencia y
la escala de valores en la que se manejaban sufrieron
un giro completo, lo cual se halla en plena sintonía
con lo dicho anteriormente.
Más allá de la experiencia
común: karma y genética
El término karma es de origen indio y se ha
hecho muy popular en Occidente; responde a la Ley de
Acción y Reacción, o sea, al encadenamiento
de causas y efectos que tiene todo acto natural, y por
supuesto las intervenciones humanas. Pero lo más
conocido es la aplicación que se ha hecho del
karma para interpretar las repercusiones de los actos
de una vida en la siguiente; entronca por tanto con
la doctrina de la reencarnación, que la Astrología,
en tanto se mantenga como ciencia objetiva, no puede
aceptar ni negar.
Bajo este punto de vista, algunos nacimientos de seres
defectuosos o tarados, malas herencias o vidas marcadas
desde su comienzo, en niños aparentemente inocentes,
encontrarían así su explicación.
Podríamos encontrar otra vía explicativa,
igualmente válida, en la coexistencia de orden
y caos en la naturaleza; vemos que todo en el mundo
se rige por leyes y principios, los cuales no excluyen
los errores. Continuamente se están produciendo
mutaciones entre los seres vivos, pero no todas ellas
sobreviven, sólo las viables. Hoy hablaríamos
de cuestiones relacionadas con la Genética y
quedaría zanjada la cuestión; pero, una
vez más, las cosas no son tan sencillas como
aparentan.
Los antiguos se plantearon estos asuntos mucho antes
que nosotros, y tal vez tuvieron también mucho
más tiempo para dedicarse a buscar respuestas;
los nacimientos "monstruosos" fueron relacionados,
en primer lugar, con alteraciones significativas del
medio ambiente, y por ello se consideraron de mal augurio.
Pero también encontraron correlaciones con las
posiciones de los astros, y ello puede constatarse en
las obras de Astrología que han llegado hasta
nosotros.
Los niños nacidos durante ciertos eclipses
de Sol y Luna, o con determinados aspectos planetarios
(el Sol a 82° de Saturno, por ejemplo) tenían
hasta hace pocos siglos escasas expectativas de vida.
Los avances técnicos de la Medicina han dado
a esto un giro sustancial en la actualidad, pero, aún
así, las taras genéticas siguen teniendo
marcadores astronómicos bastante definidos, y
lo mismo podemos decir de algunos tipos de conductas
que encuentran también su razón de ser
en los genes.
¿Podemos quedarnos en el simple plano físico
y explicarlo todo en una secuencia de moléculas
más o menos complicada, en la que el azar ha
producido algunas modificaciones respecto de un patrón
general?
La pregunta es apasionante y la respuesta mucho más,
sin duda; aunque algo nos lleva a apostar que el azar
no existe (!), la respuesta queda en el aire. Presentaremos
algunos ejemplos de interés más adelante,
lo cual nos llevará a aproximarnos a la respuesta
que la Astrología puede aportar en estos momentos.
Notas (de esta segunda parte del
artículo):
15.- Dr. Edward Bach. Cúrese usted mismo. Una
explicación de la causa real y de la curación
de la enfermedad. Editorial EDAF. Madrid, 1991. Capítulo
I, págs. 26-27.
16.- Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke. La
enfermedad como camino. Una interpretación distinta
de la Medicina. Plaza & Janés Editores, S.A.
Barcelona, 1992. Pág. 19.
17.- Dr. Edward Bach, obra citada, Capítulo
II.
18.- Ídem obra anterior, Capítulo III.
Lecturas recomendadas
Textos herméticos. Introducción, traducción
y notas de Xavier Renau Nebot. Editorial Gredos. Madrid,
1999.
En diversos tratados se halla esparcida la doctrina
del descenso y del ascenso las almas por las esferas
planetarias, así como otras interesantes consideraciones
acerca del origen del hombre y del objeto de su existencia
en la Tierra.
Los gnósticos. Introducción, traducción
y notas de José Montserrat Torrents. Editorial
Gredos. Madrid, 1991.
Astrología y gnosticismo. Demetrio Santos.
Editorial Barath. Madrid, 1986. Existe reedición
de autor, 2004.
La curación por las flores. Dr. Edward Bach.
Editorial EDAF. Madrid, 1991.
La enfermedad como camino. Una interpretación
distinta de la Medicina. Thorwald Dethlefsen y Rüdiger
Dahlke. Plaza & Janés Editores, S.A. Barcelona,
1992.
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